Malas compañías
Madrid comenzó siendo esa capital de país que no errábamos nunca a la hora de colocarla en el mapa europeo.
Madrid era una ciudad como la nuestra, pero mucho más grande, con mucha más gente y con muchos más mendigos.
Madrid poco a poco fue siendo esa ciudad donde regresa siempre el fugitivo, donde la muerte pasa en ambulancias blancas, donde las estrellas se olvidan de salir.
Madrid se descubrió fría, ruidosa, sin suelo en el que caminar apenas. Era la ciudad del museo de trenes, del vagón restaurante y de Rubén y la asociación. Fue la ciudad del rastro del domingo a la mañana, de la Gran Vía del sábado a las tantas. Fue el primer espectáculo de variedades y la primera queimada. Llegó a ser la ciudad a la que fugarnos.
Madrid se transformó en esa ciudad de trasbordo, de la T4; la ciudad de la espera, del encuentro y la despedida. Madrid era esa ciudad querida por nadie que contemplaba desnuda sobre la cama de un hotel, con las luces apagadas, mientras él dormía.
Madrid dejó de ser, como todo lo que deja de ser. Madrid era esa ciudad cargada de recuerdos puntuales e intensos. De secretos. Esa ciudad que antes sí pero ahora ya no.
Aún con todo, Madrid sigue siendo esa ciudad a la que quiero ir y de la que me quiero largar al poco de llegar. Por muchas y variadas razones.
Ahora tiene una pequeña no tan pequeña razón más.
Porque quizá Madrid sea ese avión donde me siente, y mi Tyler Durden sea esa ración individual de amigo, con su maletín lleno de jabón casero y un montón de verdades que estoy deseando oír.
Etiquetas: Hablar por hablar

1 comentarios:
Y tan pequeña... 1 metro 64 centimetros de razon.
A veces, me sacas los colores.
De
Gus, A las
9:37 PM
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